Dominó de titanio

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  Modelo de Ser M., tomado de 3D Warehouse

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La llegada por tren a Bilbao deja ver un pasado no tan lejano: edificios grandes, pesados, y un poco feos que reflejan la historia de una ciudad dedicada a la industria y los puertos. La llegada por avión, por otro lado, deja ver otra cara de la ciudad: una bella escultura a orillas del Nervión parece una pieza más dentro de una ciudad moderna y bella.

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No es una coincidencia. Las dos caras son, en cierto sentido, postales de la transformación que ha experimentado la ciudad más grande del País Vasco durante los últimos treinta años. Bilbao fue, en efecto, una ciudad industrial —y, según la recuerdan muchos, fea y peligrosa—. Bilbao es, y esto no es ninguna sorpresa, un punto gravitacional para el arte y la cultura.

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La historia del Guggenheim es bastante interesante. Usualmente cuando se habla de un «efecto dominó» se usa para una serie de acontecimientos desafortunados como el colapso de una sociedad o la decadencia de una ciudad antaño bella y humana. En el caso de Bilbao, las palabras «efecto dominó» toman un significado completamente positivo. El diseño de este edificio, todavía en medio de una ciudad industrial, pretendía transformarla por completo. El edificio no se pensó como un museo únicamente, como un contenedor de obras de arte a disposición de aquellos interesados que compraran una entrada; más bien, se pensó como una obra de arte que se integrara a su entorno y sirviera de influencia para dictar la dirección que tomaría el desarrollo de la ciudad.

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Aunque no es recomendable, se puede disfrutar del Guggenheim sin necesidad de entrar. La ciudad alrededor del museo no da muestras de que, ahí donde se impone una de las obras más conocidas de Frank Gehry, pocos años atrás hubo un puerto industrial. Por el contrario: a pocos metros río arriba, un puente de Santiago Calatrava une a las dos orillas del río; las Zazpikaleak —el centro histórico de Bilbao— están llenas de tabernas y restaurantes donde es imposible decepcionarse con la comida —más bien, cada bocado parece superar al anterior—, y la otra orilla del Nervión está llena de hoteles, edificios de apartamentos, centros culturales, cines, y teatros. Todo esto parece desarrollarse alrededor de una estructura de titanio que le es esquiva a las palabras. Un paseo alrededor del museo permite ver la manera en que la luz rebota y se pierde entre las formas. A lo mejor es errado intentar describir su composición como un conjunto de alas, o un conjunto de olas que da la impresión de emerger del suelo como si se le diera vida a una pintura de Kandinsky. Seguramente esa naturaleza elusiva al lenguaje del edificio es donde radica su belleza; debe ser muy difícil encontrar dos valoraciones similares sobre su diseño, pero con seguridad no hay mirada de la que escape.

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El edificio, por dentro, cuenta con dos plantas destinadas a la colección permanente y una dedicada a las temporales. Una buena parte de las obras de la colección permanente existe por y para el Guggenheim de Bilbao. El mural de Sol Lewitt, por ejemplo, está pintado directamente sobre el espacio que le fue designado desde el diseño del museo. Esta es una de muchas obras que no pueden ser prestadas ni exhibidas por fuera del Guggenheim. Es así que colección y edificio, museo y obras, hacen parte de un continuo, de una misma obra. Un ventanal, desde adentro, permite ver desde abajo un puente que va hasta la otra orilla del río. Del otro lado, frente al ventanal y bajo la estructura, un mural termina convirtiéndose en una obra más, por dentro y por fuera de un museo que se integra de múltiples maneras a su entorno.

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Algunas de las salas del museo son balcones a los que se puede acceder sin necesidad de ingresar con una entrada. En ellas se exhiben esculturas que, por sus volúmenes y materiales, parecen hacer parte del diseño de Gehry.

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La construcción de este edificio —o de este paisaje, al pensar en las maneras que tiene de integrarse a su entorno— representó un primer momento en una serie de eventos que, inspirados en la construcción del museo, convirtieron a Bilbao en un referente mundial del arte y la cultura. Es difícil ir a Bilbao y no ver la verdad en la frase: los de Bilbao nacen donde les da la gana.

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